martes, 20 de septiembre de 2016

24


Era martes.
Aunque aquello no tuviese la mayor importancia en aquella situación, pero ella no podía dejar de pensar que ese día era martes. La oscuridad que la abrazaba hacía que se sintiera vacía.

Sola.

Hasta que lo oyó.

Era tan suave que no se le podía llamar susurro. Supo que no estaba sola, el origen del sonido era incierto y no estaba muy segura de si realmente era un sonido o simplemente lo que le hablaba era el silencio. Se quedó quieta, intentando no respirar, a pesar de que sentía la necesidad de gritar y salir corriendo. Cuando le pareció que aquel extraño sonido había desaparecido decidió que tenía que levantarse, salir de donde fuera que estaba. Fue entonces cuando se dió cuenta de que no podía moverse y no solo eso, es que no sentía ninguna parte  de su cuerpo: estaba encerrada dentro de sí misma.
Y para colmo era martes. Nunca le habían gustado los martes, pero a partir de entonces sabía que iba a verlos de otra manera. De otra manera todavía peor y eso si era capaz de salir de alli. Si es que tenía que salir, si es que estaba dentro de algo. Y los vería si es que podía ver, porque no sabía si tenía los ojos abiertos, si estaba rodeada de la oscuridad más clara o si en cambio ya no vería nada nunca más. Hiciera lo que hiciera por comprobar qué era lo que le sucedía, su cuerpo no hacía por ayudarla, no le daba ninguna pista, parecía que estaba completamente desvinculada de él. Realmente quería comprobar que tenía cuerpo, parecía una tontería, tenía que tenerlo, pero ya no estaba segura de nada.
Obviamente también estaba respirando, se dijo, pero tampoco tenía forma de comprobarlo de ninguna manera. Volvió a sentir aquel sonido, no lo oía, lo sentía, le atravesaba la piel, entraba en ella como si fuera un escalofrío y se quedaba allí donde se supone que tendría que estar su estómago, susurrándole una nana mortal. Y en vez de asustarla, acabó por consolarla. El cántico variaba, a veces lo notaba más fuerte, otras veces era más apurado y le daba la impresión de que iba a romperle alguna parte de un cuerpo que no sentía, si es que no estaba roto ya. Iba y venía, sorprendiéndola, haciendo que la echase en falta cuando tardaba en volver lo que a ella le parecía una eternidad.
Cuando ya se había acostumbrado completamente a aquel eco,  como si éste lo hubiese notado, se transformó, ya no era algo sutil,. No, ahora gritaba, Y ahora no le atravesaba la piel como si fuera una caricia, ahora ya no era una nana.Seguía sin ser un sonido, pero si lo fuera hubiera sido el sonido más agudo inventado jamás. Hubiera sido el peor grito de terror que cualquier garganta pudiera producir. Agudo, punzante, directo. Pero no lo era, sólo era algo que ella ni siquiera sabía si existía o no, lo intuía pero no era capaz de saber si distinguir si era  real. Pero le daba miedo. Casi le dolía, cada vez que lo sentía. Era practicamente insoportable. Acabó por no recordar el silencio, aquella sensación pasó a no abandonarla, a no dejar que la extrañara. La inundó, traspasó todo rincón existente de su persona, físico y mental, se ahogó en ella y terminó completándola. Ella se deshizo. Así podía sentirlo mejor. Así todo era mucho más fácil. Y ninguna de las dos volvió a ser la misma. Una perdió su cuerpo y la otra su esencia. Tanto se unieron que acabaron por desaparecer para la otra. Ya no había gritos, ni nanas, ni oscuridad, ni inmovilidad, ni cuerpo, ni silencio, ni dudas, ni miedo, ni soledad. Pero seguía siendo martes.